Callejón de La Musa

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La continuidad en los programas o planes de gobierno que son exitosos, que funcionan, nunca está garantizada cuando termina su mandato una autoridad y llega su sucesor o sucesora.

Todo lo contrario.

Como suelen hacer nuestros gobernantes apenas toman posesión de sus cargos, la práctica común es, de un plumazo (o de dos o tres, o los que sean necesarios) desaparecer, echar al bote de la basura, borrar todo vestigio de la bandera de gobierno del que se fue (algo así como: muera el Rey, viva el Rey) y más si ese programa significa estar recordando al que ya salió, ya acabó, ya no está.

No importa si funcionó o no, si vale la pena darle continuidad o no. Esos factores no son los que se toman en cuenta para decidir si hay que continuar con un programa.

Claro, también pasa a veces que los funcionarios vivillos en realidad le dan una hojalateada a ciertos programas: le cambian el nombre, los logos, los operadores, aunque en el fondo sea lo mismo (Solidaridad, Progresa, bla, bla, bla).

En la capital también se cuecen habas.

Hace unos días en El Otro Enfoque nos enterábamos del desastre en que se han convertido algunas de las instalaciones donde operaron los Centros Jaguar, áreas multidisciplinarias y de atención de primer contacto para habitantes de colonias. Fueron gestionados y operados por el extinto alcalde Arnulfo Vázquez Nieto.

¿Cómo se mide el éxito? Los habitantes de las colonias los extrañan, les sirvieron, les fueron útiles, significaron un apoyo. Había psicólogas para dar terapia a familias; daban talleres de oficios, clases de zumba o de tae kwon do o karate, según recuerdo.

A algunos les pueden parecer paliativos, distractores, inutilidades. Para muchas mujeres madres de familia y niños que viven en esas colonias, fueron una manera de no sentir en toda su magnitud la indiferencia gubernamental.

Nada qué ver con lo que queda hoy de esos centros. El del Cerro de los Leones, la tierra de nadie, una de las colonias más abandonadas por cualquier autoridad, ha sido reducido a ruinas; es literalmente un cascarón al que ya no entra ni la vecina que generosamente estuvo cuidándolo todavía no hace mucho: muebles, puertas, ventanas y hasta cableado han sido arrancados, retirados, robados o en el peor de los casos, han sido hechos añicos.

Así, igualito que las expectativas de familias enteras que encontraron en esos centros una, mínima, incipiente, pero al fin y al cabo una oportunidad.

Periodista en Guanajuato y la región del Bajío. Corresponsal del semanario Proceso. Integrante de la Red Nacional de Periodistas.

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