¿Y de dónde salió el Dr. Domenzáin?

SILAO.- Desde 1928, las calles más antiguas de Silao tienen el nombre que actualmente conocemos, citó don Margarito Vázquez en su libro “Silao en el tiempo colonial” [2000].

Así las cosas, tenemos, por sólo citar cinco ejemplos, Madero (antes calle del Reloj), Hidalgo (calle de la Vera Cruz), Carrillo Puerto (del Señor de la Columna), Aldama (de la plaza de gallos) y Mina (callejón de Pancho Loco).

Por su nombre, una de las arterias más evocadoras es la del Doctor Domenzáin, cuyo nombre durante el siglo XVIII fue “De la Tercera Orden”.

Las casonas de la Domenzáin facilitan la ensoñación o el recuerdo de algo muy lejano, cual inmersión de escafandristas en el mundo abisal (Jorge Drexler dixit).

Aunque en “Ser polvo” (el cuento fantástico del escritor argentino Santiago Dabove), el ruido tan variado y agudo de los goznes de las puertas no llegará nunca a ser música, creemos que el galope sobre los empedrados sí lo ha sido.

¿O quién no ha escuchado ese sonido evocador?

¿Quién no la ha cruzado?

¿Quién no se ha adentrado en las inciertas profundidades de la historia colonial de Silao?

¿Quién se ha dedicado a cavar con su cortaplumas la tierra alrededor de la historia?

¿Y qué tantos kilómetros de túnel hay debajo de Silao?, pero eso es plática para otro momento.

Don Margarito Vázquez, el cronista de la ciudad (q.e.p.d.), así nos lo contaba, con ese donaire que siempre lo caracterizó:

Durante el siglo XIX, la Domenzáin fue la calle del Diezmo.

¿Y qué creen? En ese mismo período decimonónico, tuvo otros tres nombres: Reforma, Progreso y Dr. Liceaga.

De acuerdo con la nomenclatura que arrojó el censo de 1792, esa calle se llamó de la Tercera Orden.

A lo largo de todo el XVIII también se la conocía como “De la estación chica”.

Después de la segunda década del XX, recibió el nombre de Dr. Domenzáin.

Pero… ¿y de dónde salió el Dr. Domenzáin?

En “Lumbre brava de mi pueblo” [p. 46], Luis I. Rodríguez mencionó al doctor don Francisco Domenzáin.

El Doctor compró en Bélgica la carroza parroquial, en 1871, once años después del triunfo liberal de González Ortega.

Entre “varios ornamentos, que en su época produjeron la admiración de los fieles”, incluyó “la carroza parroquial que pomposamente se destinaba para llevar el viático a los moribundos, y que fue destruida en las últimas convulsiones revolucionarias”.

El silaoense Luis I. Rodríguez, embajador de México en Francia (1940), refirió que el Doctor Domenzáin la compró “por encargo de los vecinos de Silao (…), en siete mil pesos, oro nacional, que se reunieron entre todos los parroquianos para esos efectos”.

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