“La región salvaje”: nueva provocación de Amat Escalante

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GUANAJUATO, Gto.- El cineasta Amat Escalante tiene una costumbre buñuelesca: interpelar al espectador a través de secuencias shockeantes, ya por su truculencia, ya por su iconoclasia, o ya por su culto a lo procaz, virulento o escatológico.

Para los más puritanos o clasicistas, esas características transgresoras —del extremismo francés— demeritan toda una obra cinematográfica o simplemente la vuelven una ramificación del sensacionalismo. Para un espectador neutro —o sin referencias—, ni genio subversivo ni realizador nimio, sino simplemente un hacedor de películas que contienen caló del hampa, hampones, un druggie, armas, alaridos y escenas sanguinolentas. Y para los que ejercitan la mirada intersticial, esa simbiosis autor (interpelante)-espectador (interpelado) produce una nueva dislocación para apreciar el cine desde otra butaca, lejos del estructuralismo y ubicados a cien leguas de los modos comportamentales que introyectamos vía Hollywood.

Escalante, como nieto hispanoparlante del neorrealismo italiano y primo guanajuatense del nuevo terror galo, proyecta la disrupción de los esquemas socioculturales y de los “amortiguadores psicológicos” .

A semejanza del franco-argentino Gaspar Noé o del extremista Dumont, Escalante genera —lato sensu— una semiótica teratológica o un tratado sobre las manifestaciones monstruosas del corpus social, es decir, las aristas de la toxicidad social o las malformaciones de la conducta humana. Una isla siniestra del cine, un Cuévano donde las crueldades modernas han suplantado sus leyendas virreinales. Y quienes han visto “Sangre” (1995) lo entenderán sin complicaciones.

En el extremismo cinematográfico (visualizado éste ya como un género), la invasión del hogar in extremis y el miedo a ser “deformado” en comportamientos y creencias por el otro constituyen la base de un tremendismo que, en flash-back, nos remite, irremediablemente, al teatro esperpéntico y, por qué no, al burlesque, porque en las cintas de Amat se hace apoteosis (o befa) de lo socialmente inaceptable.

En síntesis, un cine para corazones inexorables.

Esa disrupción de los patrones contextuales que moldean nuestro proceder o la desaparición súbita de mecanismos retroflexivos o regresivos —que nos dejan indemnes— hacen de la filmografía de Escalante un entrenamiento para vadear la “región salvaje” o los caminos ansiogénicos de la vida. En el plano epidérmico, sólo vemos un joven realizador con ganas de remover las aguas demasiado quietas de la cinematografía nacional —y son demasiado quietas porque esporádicamente irrumpe en el ojo, cual astilla, una cinta shockeante—.

En su nueva obra, Escalante (1979) da un paseo por un abismo matrimonial al que se llega a través de las escalofriantes bajadas de la infidelidad.

—Es mi visión de la lucha por la independencia de una mujer y sus dos hijos pequeños —refirió hace poco, en el Festival Internacional de Cine de Guanajuato.

“De manera real y cruda, Amat aborda los puntos más críticos de la cultura machista, la misoginia y la homofobia”, dijo la actriz Bernarda Trueba, proveniente del mundo teatral.

En “La región salvaje” (2016), Verónica llega de improviso a la vida marital de Alejandra y Ángel, quienes procrearon a dos hijos, uno de seis y otro de cuatro. De esa llegada inesperada, una intromisión, se deriva la trama con elementos que Amat importó del nuevo terror.

—Es lo que ocurre cuando la respuesta a todos nuestros problemas es algo que viene de otra parte —sintetizó.

“La región salvaje”, le nouveau long métrage du mexicain Amat Escalante, el nuevo retrato crudo de la realidad.

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