El miedo al cuerpo

Miradas lascivas, piropos, silbidos, besos, gestos obscenos, comentarios sexuales, manoseos, acercamientos injustificados, persecución y un abanico de expresiones conforman el acoso callejero.

Partimos del reconocer que el acoso callejero es un tipo de violencia de género, al reflejar una agresión psicológica a la moral e integridad personal producida en espacios públicos. Pareciera una práctica en la que el hombre aduce que tiene el derecho a invadir a la mujer con sus palabras o cualquier tipo de manifestación sobre ella.

La historia nos ha llevado del paradigma del piropo como aquel «requiebro callejero como homenaje espontáneo y desinteresado que recibe casi siempre la mujer»[1], al desencanto y la agresión, generándoles a ellas el miedo a su propio cuerpo o apariencia, a consecuencia de los efectos de las provocaciones emocionales y sentimiento machista a las que pueden llegar otras personas.

Según el Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES), hasta el 2014, 31.7 % de las mujeres en México mayores de 15 años, han sufrido algún tipo de violencia, sea física, sexual, emocional o económica[2]. A esto, se le suma la encuesta «Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2011»realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), que arroja que la violencia emocional es la más declarada con el 43.1% , mientras que la violencia sexual ocupa sólo el 7.3%.

Por su parte, en el estado de Guanajuato los resultados obtenidos en la «Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares», ENDIREH 2011, muestran que más de 591 mil mujeres sufrieron violencia en el ámbito comunitario, de las cuales casi 245 mil han sido abusadas sexualmente (41.3%); cerca de 510 mil han sido intimidadas (86.1%), y poco más de 50 mil han sufrido agresiones físicas (8.5%). Los episodios de abuso más frecuentes son los de mujeres a quienes acariciaron o manosearon sin su consentimiento; mientras que de los casos de intimidación, el recibir ofensas sobre su cuerpo o comentarios obscenos de carácter sexual es reportado por más mujeres. Por otro lado, es importante mencionar que 13.4% han sentido miedo de ser atacadas o abusadas sexualmente, mientras que a 12.9% de las mujeres les han hecho insinuaciones o propuestas para tener relaciones sexuales a cambio de algo, y 10.6% fueron forzadas a tener relaciones sexuales, es decir, víctimas de violación.

Otra encuesta realizada en abril del 2014, por Gabinete de Comunicación Estratégica, demuestra que el 66.4% de los mexicanos considera como violencia el gritarle ese piropos a las mujeres en la calle. Sin embargo, para el 66.3% es humillante escuchar ese tipo de expresiones, mientras que para 8.8% son graciosas, y 11.9% de las mujeres dijo que le gusta alguna de las expresiones que le gritan en la calle.

Lamentablemente, la violencia sobre las mujeres en los espacios públicos cuenta con gran tolerancia social, atentando contra su libertad personal y limitando su movilidad al recibir ofensas, agresión que se ha normalizado.

¿Qué herramientas legales tenemos? A nivel federal, contamos con la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, que entró en vigor en febrero del 2007; y el hostigamiento, tipificada como delito en el Código Penal Federal desde principios de 1991, sancionando con hasta 40 días multa «al que con fines lascivos asedie reiteradamente a persona de cualquier sexo, valiéndose de su posición jerárquica derivada de sus relaciones laborales, docentes, domésticas o cualquiera otra que implique subordinación». Hay que señalar que hasta el momento no se ha desarrollado jurisprudencialmente el tema, encontrando sobre el acoso únicamente dos materiales relacionados con el acoso laboral, o mobbing.

En el ámbito internacional del que México es parte, hay que referirnos a la historia, desde la«Declaración de la ONU sobre Eliminación de la Violencia contra las Mujeres», aprobada en 1993 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde se utiliza el término «Violencia de Género o violencia contra las mujeres», para referirse a «todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para las mujeres, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública o privada». Referirnos también al artículo 2° de la «Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Contra la Mujer (Convención de Belem Do Para), ratificada en junio del 1998», donde establece que «se entenderá que la violencia contra la mujer incluye la violencia física, sexual y psicológica que tenga lugar dentro de la familia o unidad doméstica o en cualquier otra relación interpersonal, ya sea que el agresor comparta o haya compartido el mismo domicilio que la mujer, y que comprende, entre otros, violación, maltrato y abuso sexual; que tenga lugar en la comunidad y sea perpetrada por cualquier persona y que comprende, entre otros, violación, abuso sexual, tortura, trata de personas, prostitución forzada, secuestro y acoso sexual en el lugar de trabajo, así como en instituciones educativas establecimientos de salud o cualquier otro lugar; y que sea perpetrada o tolerada por el Estado o sus agentes, dondequiera que ocurra». Y así también podemos mencionar la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), la Segunda Conferencia Mundial de la Mujer (Dinamarca 1980), la Conferencia Mundial de Derechos Humanos (Viena 1993), la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo (El Cairo 1994), la Novena Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe (México 2004), entre otras.

En el estado de Guanajuato, contamos, desde 2015, con la armonizada Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia Para el Estado; a ello se suma la Ley para la Igualdad entre Mujeres y Hombres del Estado, del 2013; y la tipificación, desde el 2011, del acoso y hostigamiento sexual, sancionando con seis meses a dos años de prisión y de cinco a veinte días multa a quien cometa estos delitos. A manera de ejemplo, el Bando de Policía y Buen Gobierno para el Municipio de Guanajuato, regula en su artículo 45 a manera muy general ambas figuras, disponiendo que «queda prohibida en el espacio público toda conducta de menosprecio a la dignidad de las personas, así como cualquier comportamiento discriminatorio, sea de contenido xenófobo, racista, sexista u homófobo, o de cualquier otra condición o circunstancia personal o social, de hecho, por escrito o de palabra, mediante insultos, burlas, molestias intencionadas, coacción síquica o física, agresiones u otras conductas vejatorias»; y que al que cometa esta falta administrativa, será sancionado con arresto administrativo hasta por 36 horas y multas de 876 pesos.

Modificaciones legales en el mundo han fortalecido la prevención y protección contra este tipo de violencia, como el proyecto de ley aprobado en la Cámara de Diputados a principios de 2016, y turnado al Senado de la República de Chile, que sanciona el acoso sexual callejero con penas de prisión que van desde los 61 a 540 días de cárcel y multas que fluctúan entre 45 mil a los 910 mil pesos chilenos, que equivalen a mil 380 y 28 mil pesos mexicanos, respectivamente. Para este proyecto aprobado el acoso sexual callejero es entendido como «acciones de connotación sexual que provoque intimidación o humillación de la víctima en espacios públicos». Paraguay fue el primer país latinoamericano que ideó un proyecto que exige una pena de hasta 180 días de cárcel a quien «dirija palabras o acciones con connotación sexual a una mujer con quien no mantiene relación de ninguna índole, en lugares o espacios públicos». Bélgica penalizó los comentarios sexistas desde abril 2014, condenando a multas de entre 50 y 1,000 euros y penas de hasta un año de prisión; y España recoge en su reforma del Código Penal la posibilidad de denunciar el acoso callejero reiterado.

En los últimos meses han surgido en varios países de América Latina y Europa diversas organizaciones que denuncian el acoso y hostigamiento sufrido por las mujeres en las calles, como lo es Hollaback!, movimiento feminista internacional que destaca por crear un mapa en su web oficial donde las mujeres pueden denunciar dónde sufrieron acoso y compartir sus experiencias personales; la ONG Stop Street Harassment, quienes realizaron con una muestra de 811 personas, el 80% de las mujeres de entre 12 y 30 años ha recibido alguna vez un comentario fuera de tono yendo por la calle; y AtreveteBA y Acción Respeto en Argentina, quienes se dedican a pegar carteles en las calles y compartir  por qué consideran necesario actuar contra el hostigamiento; en Chile, el Observatorio contra el Acoso Callejero (OCAC), por mencionar algunas.

Evidente es que las batallas que se han ganado son pocas, pues todos los días mujeres soportan piropos, tocamientos, hostigamiento y persecuciones de desconocidos que van por la calle y se les antoja agredirlas, problema que va agravándose cada vez más. Debemos pensar lo desgastante que es ir todos los días con los ojos bien abiertos para detectar al que quiera aprovecharse de cada una; y más el pensar que muchas se quedan en el silencio junto con su dignidad y convicciones, por la vergüenza y el miedo que sienten del reaccionar.

Hablamos de delitos que pocas veces son denunciados (y de aquellas denunciadas, pocas veces son perseguidas), y que por consecuente requieren tanto de sanciones más fuertes, como medidas que apelen a la conciencia de la gente para generar sensibilidad social, así como medidas de autocuidado entre mujeres, redes de apoyo, o incluso recurrir a la exposición de personas, pues ambas conductas permanecen en la impunidad incluso estando tipificadas, por miedo a represalias.

Por su parte, al ser las denuncias un método fallido de prevención y sanción, la autoridad debe, al menos, llevar a cabo un monitoreo de las zonas en las que hay mayor incidencia, analizar los posibles factores que lo provocan y con ello, reforzar la seguridad en lugares específicos y así crear nuevas estrategias de prevención

Así como habrá mujeres que lo toman como un cumplido o incluso a modo de broma, muchas otras se sienten ofendidas. ¿Cuál es el límite que separa al piropo de aquellos comentarios callejeros que resultan agresivos? ¿Un piropo es valioso? ¿De verdad la mujer necesita escuchar lo que sea que viene de un desconocido para sentirse reivindicada y valiosa? Lo dejo a reflexión del lector.

@alexdom1

Alejandro Domínguez López Velarde

“Esta entrada se publicó en el portal Revolución 3.0”

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