Productividad escalada: un hito administrativo

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Un enfoque Platónico

Si parafrasear se nos permite, inicio nuestra participación de manera coloquial: “Hablamos que hablamos acerca de la multihablada productividad y caemos en la cuenta que ha sido poco productivo hablar de productividad sin tener resultados productivos… ni un producto de ningún proceso de producción. Nada.”

La productividad es un concepto cabalmente alojado en el esfuerzo de los hombres que generan. A los que nacen todos los días y que nunca esperan la muerte por sorpresa. Sean ellos pues los que amamos y que construyen las generaciones del futuro. ¿Cómo nos aseguramos que la “productividad” se transmita de mano en mano? O así: De la tecnología a la economía; de la sociedad gremial a la sociedad industrial, de la productividad individualizada a la colectiva, de la que busca para una familia y la que se preocupa por todos. De la necesidad de comprar al consumismo desmedido y alarmante. De una productividad escalada según necesidades a una que enfatiza la superfluidad y que arroja seres humanos a los centros comerciales con la necesidad de gastar sin necesidad; perdónese el eufemismo. A la productividad en sus diversas aristas.

Veámoslo desde un mexicano productivo:

Una vez sentado ante la gran plaza, el señor posó sus ojos ante el magnífico crepúsculo que teñía ocre la gran ciudad del Señorío de Acolhuacán, en el Valle de Texcoco. Complacido por su vida, terminaba su vida correctamente, sus palabras quedaban escritas en códices, en poemas, en leyes, en piedra; en el vestigio legendario del gran monarca. Una administración eficaz; transparente y organizada; pudiente y consistente de prever el futuro. Aquellos sobre los que descansaban las mayordomías, aquellos que  habían recibido la instrucción de cómo administrar la ciudad, dejaban un hilito de esperanza que rompería las barreras del tiempo hasta confundirse con el mito: “El Rey había obrado”.

El monarca subió al trono a los 29 años, Tezozomoc, señor de Azcapotzalco, había arrebatado el reino décadas antes de que éste lo conquistara por legítimo derecho, así su padre, en el lecho de muerte con la daga de obsidiana encajada en el corazón, instruía: -eres mi hijo, eres príncipe, eres el Rey. 

Tezozomoc, había disputado el reino ante los ojos del joven Netzahualcóyotl, legítimo heredero de la tradición Tolteca del reino del Valle de México. Fue en 1431, cuando el monarca llegó al poder por conquista privada y con él, se fractura la historia e inicia uno de los grandes períodos de la historia de México y, muy posiblemente de América Latina. La gran Ciudad de México arranca…

Hoy disfrutamos del bosque de Chapultepec, herencia de su fama y de su obra, en él se remembran los cantos, escritos, anécdotas y textos que generarían fama y esplendor del monarca. Reconquistó, reconcilió y reorganizó la nueva visión del reino, Acolmiztli- Netzahualcóyotl, presenta un esquema globalizador de la administración, del gobierno, de la política, de las clases sociales, de la justicia y de la aplicación de la misma; de la forma de vincularse con Dios y de su visión. Fue Netzahualcóyotl un hombre íntegro, cabal, completo, justo, artista, jurista; hasta poeta y monarca. Un hombre ejemplar en muchos sentidos, un personaje visionario y altamente productivo.

Ahora veámoslo desde la administración:

La productividad (productivity en inglés) es un vocablo que sí bien tiene grandes definiciones y grandes acepciones, no despreciables unas de otras; grandes decepciones. De hecho, ahora más que antes, se ha venido usando con mayor ahínco, desempeñando hasta funciones que otrora no resultaban interesantes. -Insistiendo, la productividad por evidentes razones, se le asocia al producto, a un producto, a una resultante, a un concepto del que a partir de un proceso o método se llega a la reunión tangible o intangible de un conjunto de esfuerzos llamado producto. Producción-productividad-producto.

P = p1 + p2

Evidentemente pensar en la productividad y en un producto no resulta ocioso sino los circunscribimos al campo semántico que le confiere las cualidades deseables de los sustantivos de referencia. Por supuesto que ambos, filológicamente, se merecen una semántica diferente concebidos históricamente de la Revolución Industrial. Cuando a ésta se le envuelve en la fabricación, tracción, mecanización, etcétera; entonces la productividad adquiere una connotación y relevancia hasta ahora vigentes.

No podemos despreciar la visión aristotélica de la productividad, cuando éste la considera en principio un arte. La tarea propia del arte, [del arte productivo] distinguiéndola de la acción y del saber: […] todo arte concierne a la generación y busca los instrumentos técnicos y teóricos para producir una cosa [o hecho] que podría ser o no ser y cuyo principio reside en el que produce y no en el objeto producido… Lo que implica generación, creación, inicio.

Desprendemos la idea de que: ¿es acaso el hombre un ser productivo por naturaleza? Esta consideración ha sido repetida a menudo desde un punto de vista idealista, lo que no le quita una de las mejores definiciones del término que nos ocupa, sigue siendo la aristotélica. No obstante, el antecedente aristotélico, Platón, engendra en la productividad el arte mismo, salvo que agrega la siguiente opción: “toda posibilidad que resulte causa de generación de cosas que antes no eran…” lo que definitivamente es un ingrediente valioso que confirma el humanismo del hombre: producir, generar, crear, hacer y finalmente ser. La dialéctica naciente del hombro productivo, del fabris al sapiens. Aquel que se regenera a partir de su experiencia. En este sentido, K. G. Jung, el psicoanalista suizo-alemán de principios de s. XX, infundió aportaciones a estos conceptos que ahora aplicamos sin propiedad sustancial, pretendiendo a menudo explicar o desprestigiar el comportamiento de los que trabajamos, simplemente diciendo: -…eres improductivo…-agregando a ésta última la irresponsabilidad, la irrespetuosidad y algunos otros “irres”. Jung nos dice acerca de la experiencia milenaria descansada y alojada en el gen de las generaciones, el llamado atavismo; lo que ya podemos deducir a estas alturas de este producto; […] que la productividad no es tan inherente al hombre en si mismo pero sí a la naturaleza humana de crear, de ahí que no todos somos productivos. No podemos serlo, en el sentido irrestricto del campo semántico que nos ocupa momentáneamente.

Para las fábricas inglesas resurgentes de la Revolución citada arriba, la productividad se concentró en una calidad de productividad, esto es dimensionar en forma cuantificable entre una producción dada y el conjunto de factores empleados o un solo de estos factores. Dicho de otra manera: sistema mensurable que cuantifica resultados en función de un proceso [generalmente de ingeniería] dado.

Ahora bien, la disciplina con la que se ve aparejada la productividad es el management; es decir, aquella que garantiza una administración global de los procesos productivos en una organización de trabajo. En suma, la productividad en manos de la alta gerencia o dirección. Todo proceso de producción y administrativo requiere de una gerencia bien definida con rumbo y objetivo; preocupada por los miembros de la organización. Así, la suma de las partes obliga a un todo sano e íntegro; de la misma forma la adición de los miembros de la organización provee un conjunto organizado, un equipo. Un buen equipo de trabajo se debe [o deberse] al esfuerzo de sus miembros. La sinergia del aseguramiento de calidad del trabajo productivo.

Ya para la década de los noventas, fines del siglo XX; el management, la gerencia de altura ha buscado un enfoque cualitativo de los procesos, en otras palabras, no es solamente importante, la producción, producir sin cesar, sino que hay que verificar los elementos participantes en el juego de los procesos, especial atención a los seres humanos que tengan una visión parcial y global de un producto terminado. Una de las características del fordismo, consistía en que los obreros no conocían el producto terminado, solamente las partes del proceso. Un conocimiento parcial de la producción.

Hoy la productividad es un concepto económico, participante en forma muy escénica en el gran teatro de los procesos en todas sus dimensiones: planeación, actuación, verificación y corrección y; de nueva cuenta al inicio del proceso. De un concepto en principio tecnológico, se transforma en uno económico; según transita el significado por las sociedades y filólogos. La productividad, para la economía, le transfiere una importancia que redunda en ciclos de mejora económica, financieros y buscando la eficacia y eficiencia de las partes que en ella intervienen. Lo que no produce, sencillamente no tiene razón de ser, no tiene misión que cumplir.

Recordemos que para desarrollar la organización, es necesario desarrollar a las personas que la componen. Se desprende que, el desarrollo organizacional es igual a la suma del desarrollo humano y del desarrollo técnico.

d.o. = d.h. + d.t.

Sumandos que forman un conjunto y no deben desasociarse, si se pretende lograr el éxito y la excelencia organizacional-productivo.

Finalmente, hablar de productividad nos compromete, nos obliga a reflexionar en varias vertientes: en el esfuerzo individual y colectivo; en un producto; en una resultante; en un resultado preciso; en los seres humanos comprometidos con su entorno; en al amor por el trabajo, en el bien hacer, en la creatividad, en la razón de ser, en el futuro inmediato como mediato, en nuestros hijos, nuestros compañeros, nuestras metas y nuestros anhelos, en la calidad del servicio. Nuestros sueños tienen su sustento en la productividad diaria. En la medida que seamos productivos, en esa justa medida somos generadores de vida; proveedores de un linaje claro de calidad y ejemplo para los que nos siguen y entonces seremos acreedores de un señalamiento en la que al final del sinuoso camino podrán decir: -…fue un hombre productivo…

Y, a Netzahualcóyotl no le veamos solamente en los billetes de 100 pesos, lo mismo que la otra no menos productiva: Juana de Asbaje de Ramírez y Santillana, la exquisita musa de 200 pesos.

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Analista, consultor, académico y servidor público.

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