A propósito de los 100 años de la Constitución…

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A propósito de los 100 años de nuestra Constitución, vale la pena hacer un balance sobre lo que representa, lo que nos aporta como país y como mexicanos, pero también lo que nos queda a deber en su aplicación.

Desde su promulgación en 1917 la nuestra fue una carta magna visionaria, que tomó como bandera las principales reivindicaciones de la Revolución Mexicana, sobre todo, aquellas demandas de justicia social que fueron la causa de dicho movimiento fundado en la desigualdad social, el acaparamiento de la tierra y las pésimas condiciones laborales a las que era sometida la mayoría de la población.

En este sentido, nuestra Constitución fue pionera a nivel mundial en cuanto a las aspiraciones de protección de derechos sociales: educación, trabajo, salud. Además, retomó con fuerza los principios democráticos clave en nuestra identidad nacional, tales como: la soberanía, la autodeterminación, la no intervención, el federalismo y el laicismo.

No está de más decir que a sus cien años de vida, el texto constitucional ha sufrido alrededor de 700 reformas, unas mejores que otras. Afortunadamente, en materia de derechos humanos, nuestra Constitución ha sabido modernizarse y hoy por hoy es un ejemplo claro en cuanto al reconocimiento y protección de estos derechos universales.

Pero no todo es miel sobre hojuelas, así que bien vale preguntarnos en este centenario, qué es lo que no ha funcionado y qué no. Según la tercera Encuesta Nacional de Cultura Constitucional, hecha por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, ocho de cada 10 mexicanos/as consideran que hoy del texto constitucional se cumple poco o nada. 60 por ciento consideran que la Constitución ya no responde a las necesidades del país. Para la mitad de los/as encuestados la única opción viable es convocar a un nuevo constituyente.

A decir verdad, nuestra Constitución más allá de ser un símbolo de orgullo y unidad nacional, nos ha quedado a deber en su aplicación. No hay que perder de vista que una buena constitución se basa en dos pilares, su fortaleza moral en términos jurídicos, y su fortaleza por responder a un consenso o pacto que genere cohesión social.

En 1917 ambos factores se conjuntaron, pero hoy en día no hay un claro pacto social que genere cohesión y unidad nacional en México. Ese pacto tiene que responder a una visión común del México que queremos y al que aspiramos. Para construirlo hay que mirarnos primero a la cara, reconocernos, escucharnos, para sí generar consensos mínimos. Obviamente, un nuevo pacto social tendría que reconocer los avances encomiables, los estándares de derechos humanos y de justicia social contenidos en nuestra Constitución actual.

Ese pacto social no es ni debe ser exclusivamente entre la clase política tan desgastada y desacreditada. Tampoco debe ser producto de una discusión exclusiva de expertos, medios de comunicación o académicos. Un nuevo pacto social tiene que partir de una interlocución directa con el pueblo, tomando en cuenta su diversidad y todas sus expresiones; escuchando a las y los que normalmente han estado confinados a no tener voz (como las mujeres, los niños/as, los jóvenes y nuestros pueblos indígenas, por citar tan solo algunos ejemplos). Evidentemente, en esta dinámica también habría que dialogar con el sector privado con amplia franqueza y de tú a tú.

En la opinión de expertos constitucionalistas, pensar en una nueva Constitución es asumir el riesgo de perder todo el camino andado en cuanto a la seguridad jurídica y la brillantez de nuestro texto constitucional. Sin embargo, no hay que engañarnos, nuestra constitución aunque sea un texto jurídico ejemplar, ya no cumple su función social. Hoy México necesita y reclama unidad, así que hablemos entonces de escucharnos primero para generar un nuevo pacto social. Si en el proceso se fortalece nuestra Constitución, o si se reforma, eso es ya es un segundo plano.
José Manuel Ramos Robles, consultor internacional especialista en derechos humanos

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