Un desmemoriado en Guanajuato

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Nunca pude acusarlo. Mi mala memoria echó por tierra la tentativa de acusación. Por eso, un delator es por regla general un memorioso, un excelente fisonomista. Ya ni recuerdo si tuve ganas de exterminarlo a base de palazos o por medio de una sobredosis de raticida marca “Truco Sucio”.

Para denunciar con todo el peso del rencor, hay que recordar el nombre completo y las señas particulares, incluido el lunar en la axila y el pestañeo de un borrego que implora no ser inmolado para la birria dominical, pero yo ni recordaba nombres ni nada, sólo ayuntaba palabras sin parentesco semántico: Repollo Hornillas Guanajuato Samuel.

Nunca supe si estaba en tercero equis, quinto zeta o séptimo ye. Total que ni pude imputar el delito ni clavar un alfiler en el muñeco vudú inhumado en el jardín cuyo nombre tampoco recuerdo.

Guanajuato Hornillas Repollo Samuel debe estar burlándose de mí en algún manicomio del mundo, quizá en la barca de Caronte o en la fila de las tortillas, pero sé muy bien que los hijos de sus hijos cometerán el error de pronunciar muy lento su nombre para que los hijos de mis hijos lo puedan anotar.

Ruego a todos los santos que no vayan a cometer el error de anotarlo en la palma de la mano o en la arena, porque el Céfiro Matutino Vitrina Azúcar Úlianov o el Sudor Martín Fiebre Romanov Mexiamora lo pueden borrar.

 

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