
Gaza vive una catástrofe sin precedentes. En menos de dos años, los ataques israelíes han dejado más de 57 mil palestinos muertos, según datos del Ministerio de Salud local y organismos como la ONU y Human Rights Watch. De esa cifra, al menos 40 mil eran civiles, entre ellos 14 mil 500 niños.
La ofensiva militar israelí —que combina bombardeos, asedios y ataques terrestres— ha reducido barrios enteros a escombros. Más del 60% de los hospitales están fuera de servicio, incluidos centros clave como el Al-Shifa, y más de 135 mil personas han sufrido heridas graves o amputaciones.

Con el 80% de la población desplazada, sin acceso estable a agua, alimentos o electricidad, Gaza enfrenta lo que la ONU describe como “una de las peores crisis humanitarias de la era moderna”. La situación de los niños es especialmente crítica: UNICEF considera que Gaza es hoy “el lugar más peligroso del mundo para nacer”.
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Mientras organizaciones como MSF y Amnistía Internacional denuncian el uso de armas prohibidas y ataques indiscriminados, expertos de la ONU ya hablan abiertamente de genocidio, citando el bloqueo total, la falta de ayuda y los patrones sistemáticos de destrucción.
A pesar del panorama devastador, la respuesta global ha sido dividida. Solo países como Sudáfrica, Colombia y Bolivia han acusado formalmente a Israel de crímenes de guerra. En cambio, Estados Unidos y la Unión Europea siguen respaldando al gobierno israelí militar y diplomáticamente.
Si no se restablece pronto el acceso humanitario, la emergencia sanitaria y social en Gaza podría convertirse en un punto de no retorno.



