
La madrugada del 13 de julio de 1976 sorprendió a los habitantes de Silao cuando intensas lluvias provocaron el colapso de la presa de Chichimequillas.
El agua descendió con fuerza por los arroyos El Tigre, El Jitomatal y La Yerbabuena, que rápidamente desbordaron su cauce e invadieron la zona urbana.
La corriente arrastró vehículos, animales, muebles y árboles, mientras muchas casas de adobe se desplomaban bajo el peso del lodo que cubría las calles.

El centro histórico fue severamente dañado, incluyendo edificios emblemáticos y calles tradicionales, que quedaron cubiertas de escombros, agua sucia y materiales contaminantes.
Decenas de familias perdieron sus hogares de forma instantánea, mientras otras buscaban refugio en templos, escuelas y viviendas de conocidos que se encontraban en zonas altas.
El caos aumentó con los gritos de auxilio, los apagones eléctricos y la imposibilidad de cruzar la ciudad, dividida por el agua y el lodo.

La ayuda comenzó a llegar desde municipios cercanos, mientras artistas como Cantinflas enviaban víveres, maquinaria y apoyo económico para atender la emergencia humanitaria.
La Parroquia de Santiago Apóstol se convirtió en refugio, centro de acopio y punto de distribución de alimentos, cobijas, colchones y agua potable.
El número oficial de fallecidos nunca fue confirmado, aunque los testimonios apuntan a decenas de muertes y cientos de familias desplazadas por completo.

Silao entró en una etapa de reconstrucción que duró años, con secuelas visibles en infraestructura, economía y organización social, especialmente entre las familias más afectadas.
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Con el tiempo, la ciudad se recuperó, aunque el recuerdo del desastre marcó a generaciones y dejó lecciones sobre planeación urbana y prevención de riesgos.
A 49 años de la tragedia, la memoria se mantiene viva entre los silaoenses, como un símbolo de resistencia y unión frente a la adversidad.




