Un país partido en dos.

En dos días, domingo y lunes, hemos visto en el país expresiones ciudadanas contrarias sobre el rumbo del gobierno federal que encabeza Andrés Manuel López Obrador.

Entre estas manifestaciones se infiltran algunos malintencionados intereses, presencias por consigna y estrategias eminentemente partidistas, pero también incluyen a ciudadanas y ciudadanos que con libertad e interés en expresar su posición han salido a las calles en ambas fechas.

El 30 de junio varias ciudades del país fueron escenarios de las marchas Anti AMLO.

El 1 de julio, el Zócalo de la Ciudad de México fue foro para el festejo por el triunfo electoral de López Obrador y Morena (en ese orden) del año pasado.

El 30 de junio, se expresó el rechazo al gobierno de Andrés Manuel López Obrador, se cuestionaron sus decisiones, se le acuso de incumplir compromisos de campaña y se pidió su salida de la Presidencia.

En algunos de los escenarios, como León y la Ciudad de México, hubo participaciones que más que unir a los manifestantes en sus motivos causaron división e incomodidad, como la del ex presidente Vicente Fox Quesada que recibió muestras de repudio, y la de un pseudo imitador de López Obrador que fue criticado por bufonear en un acto que se pretendió serio y contundente.

El 1 de julio, fue el propio López Obrador quien de alguna manera respondió, desde su propio escenario, bajo sus condiciones, arropado con un entorno multitudinario favorable.

En su discurso habló de haber cumplido 78 de cien compromisos de campaña: eliminar la pensión a expresidentes, desaparecer el Estado Mayor Presidencial, no usar el avión comprado en el sexenio de Peña Nieto, convertir la residencia de Los Pinos en un espacio de uso público…

Las preguntas son muchas y quedan en el aire en estos días de ciclos, plazos y aniversarios de un gobierno sietemesino. Es un periodo demasiado breve y hay que reconocerlo, difícil de asir en el corto plazo, de ahí también la dificultad para juzgar con tan poco tiempo, según algunos, pero que muestra claramente su rumbo y sello, según otras:

¿Es lo que se esperaba; decepción o gozo; cumple o no?

El estilo personal de gobernar, según el asomo intelectual del politólogo Daniel Cossío Villegas, está más presente que nunca. Porque es la palabra pública del presidente, la que pronuncia en sus “mañaneras” la que se convierte en decreto, orden inmediata y fulminante.

Y a veces, en juicio y sentencia.

En la otra cara de la polarización política nacional, está la lucha por el estatus, la defensa a ultranza de “las cosas como estaban”, de los beneficios, haigan sido como haigan sido.

Ninguna de estas posiciones muestra ganas de dialogar, ceder en aras de la unidad, privilegiar la atención de las grandes necesidades de quienes vivimos en este país. En cambio, alimentan el distanciamiento, la intolerancia, la división, la discriminación y el encono.

¿Quién vence si divide?

 

 

 

 

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