El martes 23, un olor fétido se dispersó por diversos rumbos de Salamanca, principalmente en la zona centro de esa altamente industrializada ciudad.

Las y los salmantinos estuvieron haciendo reportes ese día sobre efectos en su salud por respirar lo que fuera que flotaba en el aire: náuseas, irritación en ojos y otros.

El intenso olor fue descrito como similar al de ajo o cebolla.

Ha transcurrido casi una semana, y es momento en que ninguna autoridad es capaz (o tiene voluntad) de informar a las y los salmantinos qué tipo de contaminante se esparció por la atmósfera y el aire que han respirado durante estos días.

Según las versiones oficiales, desde ese martes 23 personal de diversas oficinas gubernamentales, como Protección civil municipal, estuvieron recorriendo la ciudad, supuestamente en busca de identificar el origen.

De inmediato se mencionó a algunos probables responsables que emitieron desmentidos: la refinería “Ing. Antonio M. Amor”, la termoeléctrica, y un etcétera en el que cabrían varias industrias.

Al día siguiente en la mañana, lo que hicieron las autoridades, ya con la Secretaría del Medio Ambiente y Ordenamiento Territorial del estado (SMAOT) al frente de la contingencia, fue reunirse en el salón de Cabildos de la Presidencia municipal de Salamanca, donde se dio una muy técnica explicación sobre las partículas, lo detectable y lo no detectable por las estaciones de monitoreo de la calidad del aire que operan en la ciudad…

De lo poco que se entendió (o de lo poco que se quiso dar a entender) se supo que no, que para ese momento ningún  nivel de autoridad sabía a ciencia cierta de qué posible contaminante se trata; que se declaró una “fase de vulnerabilidad atmosférica”.

También se supo que personal de la SMAOT  tomó algunas muestras para analizarlas en el laboratorio del CIATEC (el Centro de Innovación Aplicada en Tecnologías Competitivas) en León, para ver si allí se da con la sustancia y su origen.

Ya para el viernes, organizaciones ambientalistas se truenan los dedos porque no se sabe, no se supo, o no se dice lo que se sabe sobre lo que está disperso en el aire de Salamanca.

Los niveles de contaminación atmosférica de esa ciudad sí son conocidos, registrados y documentados por el monitoreo oficial. Se sabe y durante mucho tiempo ha sido tema evidente de la cotidianidad de las y los salmantinos, y del silencio de la autoridad.

Sería terrible que también en esta contingencia se pretendiera callar, ocultar o minimizar contaminación, riesgos, efectos en la salud de personas y animales.

La ignorancia o la omisión son igualmente preocupantes, sobre todo si ante efectos en la salud se pudieran tomar medidas, o se necesitara la intervención de las autoridades sanitarias de forma inmediata.

Paradójicamente, sin tener todavía información clara sobre la causa de la contingencia atmosférica, para el viernes la propia SMAOT reportaba una calidad del aire “buena” y la posibilidad de realizar actividades al aire libre.

¿Quién que viva en Salamanca, pregunto, se sentiría con la tranquilidad de salir a hacer ejercicio o alguna otra actividad “al aire libre” en la incertidumbre?

Urgen respuestas, aunque suenen feo y no “hablen bonito” de Salamanca, puesto que la salud de quienes habitan esa ciudad está primero.

O debería de estarlo.

 

 

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