Puedo no recordar cuándo y en qué circunstancias conocí a José Argueta, pero recordaré siempre el último abrazo que nos dimos.

Me quedo con esta imagen: él, evidentemente exultante en una breve visita al Salón del Consejo de la Universidad de Guanajuato para escuchar a Leonardo Padura, el escritor cubano de su admiración y cuya lectura cultivó para sí y para una lista entre quienes me incluyo.

Es muy posible que José haya sido primero una fuente como periodista. Yo, en los primeros años del oficio de periodista; él, militante de izquierda en el PSUM. Después participaría en la Comisión para la reforma política del estado (Corpeg) tras el “ramonazo” de 1991.

Nos cruzaríamos para ir por el camino del periodismo, que se ensanchó para dar cabida a la amistad.

Estoy segura de que José fue siempre, en estas facetas, un hombre de palabra. Un hombre que le dio a las palabras el valor de la propia, en muchos sentidos.

Porque José conversó y escribió con la misma honestidad; el mismo pasmo disfrazado de humor ante el cinismo multicolor de una clase política a la que fustigó de frente y con letra impresa; con la misma generosidad para prodigar las palabras en largas charlas de horas que en su mirada inquisitiva a la realidad, vista en el periódico del día siguiente.

Esa verticalidad costó objeción y conspiraciones de hombres en el poder contra su designación como Consejero electoral y del Sistema municipal de agua en Guanajuato, para quienes desde adentro de esas estructuras amenazaba con ser incómodo escrutador. Sostengo eso.

El día en que en el antiguo Palacio Legislativo de la Plaza de la Paz recibió el nombramiento de consejero electoral, fue en el área de prensa del salón de sesiones donde resonaron los aplausos; fue genuina la emoción del gremio al verlo en el pleno del Consejo electoral del estado. Poco después, las maniobras maniqueas de partidos lo echarían abajo.

Sus artículos de opinión tendrían que dar forma a un libro. Las siguientes generaciones de periodistas mucho podrían aprender, tanto del escrutinio obligado a protagonistas de la función pública, como de libros y autores citados por él, con la esperanza de que los lean como él lo hizo, concienzudo y gustoso.

Siempre tuvo respuestas para todas mis preguntas, que fueron muchas, para la amistad o para el periodismo. Jamás negó un conocimiento, una experiencia, una mirada analítica que dilucidaba encrucijadas o enredijos de la realidad social o aún de la personal.

En su memoria cupo un anecdotario variopinto que desgranaba a carcajadas, particularmente en esas tardes de los sábados en las que el grupo de amigos y familias miraba atardeceres desde una Loma.

Con José se podía hablar de todo, así que en los muchos años –décadas- en que lo hicimos frente a un café, un libro, un periódico, un buen platillo o algunas copas de tinto, hablamos de periodismo; de políticos y política; de hombres y mujeres del campo; de la estación del ferrocarril en su natal Acámbaro; de autores y libros; de cantantes y canciones; de feminismo y masculinidades; de la Historia y de historias.

De nuestros descubrimientos cuando cada uno tuvimos a nuestros hijos, que nos obligaron a reaprender y a confesarnos tropiezos y fascinaciones.

De la muerte y de la vida. Del adiós y de la memoria.

En la memoria y en el corazón quedas, querido José.

 

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