Mi infancia en la ciudad de Guanajuato transcurrió a la vista de los cerros. Cerca de la Prepa Oficial (actual Escuela del Nivel Medio Superior) de la Universidad de Guanajuato, al pie de la carretera Panorámica, que la niñez guanajuatense podía recorrer en bicicleta o caminando y que era itinerario seguro de las y los corredores locales, despejada, limpia y sin más sombra que la de los árboles circundantes.

Al paso de los años, nada ha salvado al entorno de la Cañada de ser poblado de manera anárquica, desordenada, a la buena (o a la mala) de dios: una a una, comenzaron a levantarse casas, casitas y casonas a pie de carretera; después más arriba, sobre los cerros, algunos de los cuales prácticamente han desaparecido.

No sólo la vista ha sufrido desperfectos: la carretera Panorámica, como otros puntos de ésta y otras ciudades, se ha convertido en estacionamiento para cientos de automóviles. Pero éstos son consecuencia del quebranto de un criterio que años atrás teníamos fijo y metido en la cabeza las y los habitantes de la ciudad, y básicamente, las autoridades responsables de resguardar el orden urbano y territorial: nada por encima de la carretera Panorámica, nada de construcciones, ningún edificio.

A lo largo de sus casi 20 kilómetros (un número que puede variar por los recovecos y conexiones que tiene a su paso) la Panorámica dejó de ser tal en un tiempo corto y una negligencia larga de gobiernos municipales, INAH y demás instancias que por todo lo alto festejaron en su momento la incorporación de la Capital a la declaratoria de Patrimonio de la Humanidad.

Con esa misma enjundia, estas autoridades a lo largo de las últimas dos décadas –particularmente, y con algunas excepciones- han sido corruptas y omisas para impedir construcciones de todos colores, tamaños y sabores, de uno o varios pisos, invadiendo banquetas, lo mismo que negocios que utilizan la vía como estacionamiento, entre éstos numerosos talleres mecánicos que ofrecen diversos servicios, como lo demuestran los autos a medio componer con los que se puede topar cualquiera en el recorrido.

El criterio –o la justificación- es elemental: hay zonas donde se permite porque no están dentro de la poligonal de monumentos…pero entonces el orden es restricción en un punto de la ciudad, y vista gorda en otro, porque se puede.

La armonía se rompe, en parte por la necesidad de vivienda y la falta de territorio para edificarla. La zona Sur fue una opción tardía del ordenamiento urbano, y de hecho, tampoco fue una opción aplicada con eficiencia en la planeación y la prospectiva, y eso lo vemos ahora a diario, sobre todo con los problemas de movilidad que el paso elevado de la glorieta Santa Fe resolvió a medias y quién sabe por cuánto tiempo.

Si bien para las autoridades actuales y las futuras, el problema estaba cuando llegaron a sus puestos, ese no debería ser pretexto para no hacer. Así lo han entendido ciudadanos preocupados por la condición de la Panorámica, que han acudido al gobierno municipal y al INAH, han denunciado, han hecho lo que creen necesario.

El gobierno municipal tiene exactamente la misma obligación de mantener el crecimiento ordenado de la ciudad que sus antecesores, o más, porque del antes a hoy se suma la viabilidad: que la ciudad tenga una movilidad, servicios funcionando, capacidad de prestarlos a todos sus habitantes y en todas las zonas que la conforman.

Entonces, que haga lo que le toca y no sea puro Candil de la calle.

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