El viernes pasado miles de mujeres se manifestaron en la Ciudad de México su indignación y hartazgo por la violencia de género y por imputación de violaciones recientes por parte de policías de esa ciudad,  y la impunidad.

Algunas dañaron estaciones del Metrobús, agredieron a transeúntes y periodistas y realizaron pintas en la columna del Ángel de la Independencia con consignas como “Renuncia Sheinbaum”, “México feminicida” y “Cerdos violadores”.

La jefa de gobierno, sin empatía alguna, declaró que su gobierno “no caerá en la provocación”, y la procuradora capitalina abrió carpetas de investigación luego de la marcha #NoMeCuidanMeViolan. Este lunes la Sheinbaum informó que no habrá carpetas contra quienes vandalizaron, solo por agresiones contra periodistas.

Referí en este espacio que en el primer semestre del año en dicha ciudad los secuestros crecieron 550 %, extorsiones 127%, homicidios 48%, violaciones 46% (que solo denuncia el 2% considerando la revictimización); solo el 9.8 % de las mujeres afirma sentirse segura en la ciudad de México según la encuesta del Inegi Envipe 2018. Las cifras de violencia y delincuencia de género son terribles en el país.

Para quienes pensamos que nada de lo que es humano nos es ajeno; la furia vista en las imágenes de la marcha es harto entendible. La violencia que sufren mujeres desde la infancia, el hogar, de la pareja, hasta por agentes de seguridad, se ha incrementado brutalmente; todos somos parte del problema y todos debemos ser parte de la solución.  No debemos relativizar la justificada rabia de mujeres que exigen un alto a la impunidad y que deben encontrar de las autoridades de todos los órdenes de gobierno, como de nosotros, empatía para generar análisis y propuestas de solución en las que todos participemos, poniéndonos en los zapatos de las mujeres, que es en lo que consiste la empatía. Todos tenemos madre, hermanas, hijas, esposa, pareja, amigas, lo que facilita comprensión y decisión de poner un alto.

Las expresiones violentas de la marcha son lo que ha generado reacciones de antipatía como de simpatía con la causa, las que se han expuesto también en mi familia. Mi hija María desde Londres ha escrito en redes y en nuestro chat: Las marchas fueron porque tribunales dieron un fallo en contra de menores de edad violadas por policías. No confío en la justicia de los tribunales, que son instituciones patriarcales que espero algún día tengan perspectiva de género. Los hombres no tienen derecho a hablar al respecto; su rol ante el feminismo es de silencio, no deben hablar de lo que no entienden, pues como varón no existe manera de entender la violencia que viven las mujeres y el hartazgo al que hemos llegado. Apoyo todo lo que pasó en las marchas de fin de semana.

A la Poniatowska que cuestionó el vandalismo le dijo en Twitter: Ya siéntese señora. Usted de nada le sirve al feminismo, al contrario, lo daña. “Valora la vida, seguridad y dignidad de las mujeres sobre todas las cosas”. En un cosa tiene razón: no existen condiciones para que las mujeres confíen en la autoridad, por eso urgen Comisarias de la mujer en fiscalías y policías, entre otros componentes.

Los extremos frecuentemente se dan la mano. Los radicales de derecha lo ven con antipatía y exigen castigo para vandalismo, sin un mínimo de empatía, de comprensión del clamor. Lo de hoy es reconocer las causas del coraje para construir justicia, no venganza; no admitamos la ira  o irracionalidad destructiva, ese no es medio ni método salvo para revolucionarios violentos que reaparecen; el vandalismo robustece la percepción de impunidad que se busca revertir.

Es desde el hogar, la escuela, el trabajo, las iglesias, y por supuesto en la política, donde corresponde que escuchemos ese coraje que rompió indiferencias, desechemos estereotipos, maniqueísmo y discriminación, para construir espacios donde todo lo humano sea valorado y respetado y no nos sea ajeno.

Tan dignos hombres como mujeres; hoy les toca a ellas.

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