Éste es un artículo en el que los adjetivos sobran. Los datos que presento a continuación hablan por sí mismos y en ellos se sintetiza una situación dramática, que evidencia a México como un país que ha sido incapaz de garantizar de manera universal, integral y progresiva los derechos de las niñas y los niños, articulado todo ello bajo el principio constitucional del interés superior de la niñez.

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De acuerdo con el Consejo Nacional para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), en el año 2016 había 40.4 millones de niñas y niños en nuestro país, de los cuales 20.7 millones se encontraban en condiciones de pobreza y, entre estos últimos, 3.7 millones vivían en condiciones de pobreza extrema, es decir, sin recursos para satisfacer sus necesidades más elementales.

Asimismo, 8.7 millones de niñas y niños eran vulnerables por carencias sociales: 2.9 millones eran vulnerables por estar en rezago educativo; 5.4 millones, por carencia de servicios de salud; 24.6 millones, por carencia de acceso a la seguridad social; 6.7 millones, por mala calidad en los espacios de la vivienda; 9.2 millones, por carencia de acceso a servicios al interior de sus viviendas, y 9.4 millones eran vulnerables por carencia de acceso a la alimentación.

Adicionalmente, hay nueve millones de niñas y niños que viven en hogares con ingresos menores a la línea del bienestar mínimo y 24.1 millones en hogares con ingresos que están por debajo de la línea del bienestar.

En contraste, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut, 2016), poco más del 30 por ciento de las niñas y los niños menores de 12 años registran problemas de obesidad, mientras que la prevalencia entre adolescentes de 12 a 19 años es de 36 por ciento. Según esta misma encuesta, alrededor de 1.5 millones de niñas y niños menores de cinco años padecen desnutrición crónica.

La Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto en los Hogares (ENIGH, 2016) —levantada por el INEGI— cuenta con un módulo relativo a las viviendas y los hogares en el que se estima que hay 10.75 millones de hogares en los cuales viven niñas y niños y simultáneamente enfrentan dificultades para satisfacer las necesidades de alimentación.

Entre esa cantidad de hogares hay tres millones en los cuales algún menor comió menos de lo que debía comer; en 2.98 millones más, a algún menor se le tuvo que disminuir la cantidad de comida que se le servía al día debido a la falta de recursos; en 1.23 millones más, algún menor sintió hambre pero no comió; en 1.26 millones de hogares más, algún menor se acostó a dormir con hambre; mientras que en 881 mil hogares algún menor comió sólo una vez al día o dejó de comer a lo largo de todo el día.

Además, de acuerdo con el INEGI, en el año 2016 fallecieron 24 mil 730 niñas y niños antes de cumplir su primer año de vida. En 3 mil 285 casos (13.2% del total) la causa era prevenible o evitable: 1,063 fallecieron por accidentes; 900, por influenza o neumonía; 483, por infecciones intestinales; 360, por septicemia; 209, por desnutrición; 167, por infecciones respiratorias; 52, por homicidio, y 51, por anemia.

Entre las niñas y los niños de uno a cuatro años la primera causa de muerte son los accidentes. En el año 2016 se tiene registro de 5 mil 082 defunciones en este grupo de edad, de las cuales 1,052 fueron por accidentes (20.7% del total). Otras 500 fueron por influenza o neumonía; 319, por infecciones intestinales; 134, por desnutrición; 87, por septicemia; 76, por homicidio; 59, por infecciones respiratorias; 46, por bronquitis, y 37, por anemia. En conjunto, 2 mil 310 casos, o bien, el 45.4% de defunciones, pudieron prevenirse o evitarse.

Lo peor de esto es que la lista de datos podría extenderse y llenar varias páginas más. Somos, hay que decirlo, un país infame con su niñez. Es hora de transformarlo.

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