Silao y su confadría de vividores

Por Luis I.

Yo no sé qué insulta más a Silao: si la mediocridad de sus pleitos o la vulgaridad de sus ambiciones. Aquí la política ya ni siquiera finge grandeza. Ya no seduce. Ya no convence. Ya no inspira. Aquí la política traga.

Ahí está el Partido Verde, por ejemplo. Durante años fue la pequeña parcela de Jesús Bolaños, eterno regidor, beneficiario serial del presupuesto, custodio de un negocio disfrazado de partido. Muchos creyeron que, al fin, lo sacudirían. Yo también quise creerlo. Qué ingenuidad. En Silao no cambian las mañas. Cambian los apellidos.

Ahora llegan los Ramírez Nieto, como si el relevo moral consistiera en sustituir a un grupo de vividores por otro de mejores modales. Ricardo Ramírez Nieto no mira hacia Silao con amor cívico. Lo mira con cálculo. Su ambición está en el Distrito 09 Federal. Lo municipal le queda chico. O, mejor dicho, le deja poco. Porque hay políticos que no hacen carrera: hacen inventario.

Los Bolaños mamaron del presupuesto, hicieron negocios al amparo del poder y convirtieron al Verde en caja chica con membrete ambiental. Los nuevos llegan con la misma hambre, aunque con traje planchado y relaciones más finas. No traen aire fresco. Traen otra forma de cobrar.

Y luego está Melanie Murillo. La presidenta. La mujer que quiso gobernar sola, mandar sola, decidir sola y recibir aplausos sola. Hoy paga el precio de esa vanidad. Su popularidad cae. Su margen se encoge. Su gobierno se marchita en el peor de los climas: el de la adulación.

No la está hundiendo la oposición. La hunde su espejo.

Después del escándalo del palenque de Irapuato, su imagen dejó de ser autoridad y empezó a parecer frivolidad. No escandaliza que una mujer se divierta. Escandaliza que una alcaldesa pierda tan feamente el sentido del momento. Mientras Silao se parte entre servicios pobres, divisiones internas y malhumor social, ella posa entre sonrisas, rumores y excesiva comodidad.

Mal síntoma.

Peor aún: la rodea una corte de incondicionales que le administra elogios como medicina. Le dicen que todo va bien. Le mienten con devoción. Y ella les cree. Todo poder aislado termina oliendo a encierro. Todo gobernante sin crítica termina hablando solo.

El PAN local se desmorona como casona vieja. Unos huyen a Morena con Ricardo Oseguera. Otros se refugian en el Movimiento del sombrero, donde el ex panista Antonio Trejo reaparece con sombrero, cálculo y hambre de regiduría. Porque en Silao la vocación suele despertar justo cuando alguien recuerda que un regidor cobra 95 mil pesos mensuales. Milagros de la democracia.

Y del PRI, qué decir. Ahí suena Norma Parra. Podría crecer, sí. Hay voto cansado. Hay hartazgo. Hay decepción. Pero el PRI ya no es partido: es eco. Ya no empuja. Ya no arrastra. Ya no manda. Apenas sobrevive.

Así está mi pueblo. Lleno de aspirantes. Vacío de estatura. Todos hablan del pueblo. Nadie piensa como pueblo. Todos prometen futuro. Todos revisan primero la nómina.

Y mientras tanto, Silao mira. Aguanta. Recuerda.

Porque aquí ya entendimos algo: cuando los políticos hablan de servicio, casi siempre hablan de ellos mismos. Y cuando presumen amor por el pueblo, más vale revisar en qué ciudad compraron casa.