Una de las características de los gobiernos neoliberales es dejar todo, o casi todo, en manos de los privados, y la gestión cultural es una de las víctimas de este esquema. Para nuestro país, si algo es urgente en ese sentido, es avanzar hacia una nueva perspectiva construida para garantizar el derecho a la cultura, garantizado en el artículo 4o de la Constitución para todos los habitantes de nuestro país.

En México, la inversión tanto pública como privada en ese sector es no solo mínima, sino que llega a niveles vergonzosos. En efecto, de acuerdo con el sistema de Cuentas Nacionales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en la Cuenta Satélite relativa al sector cultura, el consumo intermedio en 2017, fue de 414,082 millones de pesos; de esa cifra, poco más de 188 mil millones (44.55% del total) fueron consumidos en actividades o productos audiovisuales (cine, radio, internet, televisión, videojuegos, etc.).

El segundo rubro en relevancia es el consumo de artesanías, con 94,676 millones de pesos, de los cuales, casi 38 mil millones se invierten en fibras vegetales y textiles y productos de madera. Mientras que, en conjunto, poco más de 13 mil millones se consumieron en productos de vidrio, metalistería, cartón, papel, o plástica popular.

En tercer lugar, se encuentra el consumo intermedio en libros e impresos: 11,382 millones se gastaron en libros; 8,125 en periódicos; 3,438 en revistas; y 4,543 millones en otros tipos de impresos; las cifras, como puede verse, son a todas luces contrastantes.

Dado que en los tres gobiernos previos la política cultural ha sido poco menos que desastrosa, todo debe fortalecerse allí.

Lo es más el dato relativo al gasto que se realizó en el rubro de patrimonio cultural y natural, con 9,554 millones de pesos en el año, de los cuales, únicamente 7,445 millones corresponden a comercio en patrimonio, frente a la ínfima suma de 378 millones de pesos invertidos en gestión del patrimonio.

Desde esta perspectiva, el primer gran reto que enfrentará Alejandra Frausto al frente de la Secretaría de Cultura es convencer al grupo parlamentario de Morena de que incremente de manera significativa el presupuesto para su dependencia. Dado que en los tres gobiernos previos la política cultural ha sido poco menos que desastrosa, todo debe fortalecerse allí: la red de museos; la red de bibliotecas; la promoción de la lectura y el apoyo a la producción de libros de calidad; tienen que potenciarse instancias tan relevantes como el Seminario de Cultura Mexicana así como incidir en cuestiones como el cuidado y rescate del patrimonio cultural del país, así como en el rescate y cuidado del patrimonio cultural intangible que existe en México.

Los niveles de violencia que tienen asolada a la población nacional no podrán disminuirse sin una extraordinaria dosis de fortalecimiento cultural del país; y tal como lo han planteado varios expertos, lo que urge es inundar de cultura a México; tomar todas las plazas, estar en todos los recintos de que disponemos y crear muchos más.

Debe comprenderse que no podemos seguir siendo un país en el que el consumo intermedio anual en bibliotecas es de 80 millones de pesos; pues si bien es cierto que la mayoría de las bibliotecas del país son públicas y gratuitas, esta cifra es inaceptable por dos razones: 1) por la insuficiente y precaria infraestructura de bibliotecas públicas que tenemos en México, y; 2) por los vergonzosos niveles de lectura que tenemos per cápita.

Un gobierno de izquierda —como se presenta el actual— no puede permitir que la política cultural siga siendo un asunto marginal en el contexto general del gobierno; por eso destaca que entre los 100 puntos prioritarios de la agenda de la nueva administración, solo hay dos pálidas menciones a temas culturales: educación artística desde la primara y promover la lectura.

La Secretaría de Cultura tiene la oportunidad de apostar por la defensa del pensamiento crítico y las perspectivas que este abre para exigir y construir una política de Estado en materia cultural; una que posibilite la más amplia construcción de ofertas para el crecimiento espiritual de nuestra sociedad, y que al mismo tiempo permita combatir, si se es serio en el planteamiento, a la poderosa industria cultural que está regida por el mercantilismo y la más frívola visión mercantilista de la cultura.

Un gobierno de izquierda —como se presenta el actual— no puede permitir que la política cultural siga siendo un asunto marginal en el contexto general del gobierno.

La autoproclamada cuarta transformación de México va a resultar un fracaso si no está cimentada en un profundo proceso de recuperación y defensa de nuestra cultura; el presidente López Obrador menciona reiteradamente que uno de nuestros grandes valores como país se encuentra precisamente en nuestra inmensa producción cultural; siendo así, lo esperable es que en el PEF 2019 tenga una digna traducción.

Por otro lado, es fundamental que haya un intenso trabajo de coordinación con las entidades y los municipios; pues si una nueva política de promoción cultural ha de ser efectiva, lo será solo en la medida en que tenga una potente expresión territorial: en cada barrio, colonia, literalmente en cada calle debemos tener promotores culturales.

No podemos seguir siendo un país donde priva la estética de lo grotesco; donde la lógica de la violencia es reina; y donde la muerte campea; arrebatarle las calles a los perversos implica que la oferta cultural sea mucho más amplia, diversa, abierta y accesible a todas y todos.

Debe reiterarse: necesitamos una nueva política cultural de Estado; una que pugne en serio por la enseñanza de la filosofía y el pensamiento crítico en todos los niveles y espacios de la educación pública; que apoye, identifique y fomente el talento artístico que abunda en nuestro país; que recupere, proteja y promocione como nunca el patrimonio cultural y natural de México; que promueva y logre la coordinación entre sectores; y que permita el renacimiento cultural de México. De ese tamaño es el reto, pero también, la oportunidad de convertir a nuestro país en la potencia cultural que podemos ser.

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