¿Quién nos determinará también por quién votar?

Semana pasada participé en seminario “Dilemas del Sistema de partidos políticos en México al 2021” en el Palacio Legislativo de Guanajuato.

Desfondados de credibilidad –en últimas décadas todo los grupos, incluyendo religiosos y políticos, se han reducido una cuarta parte-, nos preguntamos si tiene sentido que subsistan y los ciudadanos los utilicemos, o de plano los aventamos al escusado y resolvemos qué sigue para procesar toma de decisiones que nos afecten a todos en ámbitos públicos. Varios son los dilemas de partidos.

Aquí me referiré solo a uno de ellos que ahí expuse, el que nos plantea a todos las tecnologías de la información. La “Inteligencia artificial” nos desafía al influir decisivamente en los comportamientos humanos, para bien y mal. Al usar cada uno de nosotros celular o computadora estamos facilitando ser identificados, observados, y almacenada y registrada la información que suministramos: dónde estamos, con quién, qué comimos, dónde nos hospedamos, qué compramos en la farmacia o supermercado, qué recorrido hicimos en Uber, qué página web consultamos… Big data le llaman.

Hoy podemos deducir que acceder a la toma de decisiones de los humanos no solo hará que los algoritmos de macro-datos sean más fiables, sino que los sentimientos humanos sean menos fiables. A medida que partidos, gobiernos y empresas consigan acceder al llamado sistema operativo humano, estaremos expuestos a una andanada de manipulación, publicidad y propaganda dirigidos con precisión, que ya estamos percibiendo: cuántos nuevos amigos, productos o escuelas nos sugieren diario en redes sociales! No es casual! ¿Usted no es de las millones de personas que confían en el algoritmo de búsqueda de Google una de las tareas más importantes de todas: buscar información relevante y fidedigna? Ahora googleamos.

Y a medida que confiamos cada vez más en Google para hallar respuestas, nuestra capacidad de buscar información por nosotros mismos disminuye, provocando deshumanización y masificación de la que se nutre la oclocracia -degeneración de la democracia-, poder de las masas, que facilitan gobiernos como Trump o AMLO. Si cada vez confiamos más en la inteligencia artificial para que nos deletree, la vida humana deja de ser pensar y amar humanos: tomar decisiones consciente y libremente. Las elecciones democráticas y los mercados libres tendrán poco sentido. Hoy en día nos estamos convirtiendo en minúsculos chips dentro de un gigantesco sistema de procesamiento de datos que nadie entiende en realidad, el Big data.

La fusión de la info-tecnología y de biotecnología es pues una amenaza para los valores fundamentales de la libertad y la igualdad. Son muchísimas las personas que ahora necesitan encontrar un propósito y apoyo en algún otro lugar fuera de las tecnologías. Para prosperar humanamente todavía necesitamos fundamentarnos en comunidades intimas, en últimos tiempos desintegrándose. La gente lleva vidas cada vez más solitarias en un planeta cada vez más conectado.

Por eso la calidad y fortaleza de nuestras relaciones será determinante de nuestra longevidad y de cómo disfrutar la vida, que algunos llaman “tribu correcta” de amistades no tóxicas. Las democracias exigen diálogo viéndonos a los ojos, debemos ampliar espacios de debate sobre alternativas para evitar la simplificación tecnocrática del pasado reciente, y la verborrea hoy incontenible en Palacio Nacional. Ante dilema mayor, dictadura-democracia, es preferible una mala democracia que una dictadura que ya se prefigura. También expuse otros dilemas: prevalencia de la ética política sobre la acción política o no; partido de cuadros o de masas; escuela de ciudadanía o maquinaria electoral. Disyuntivas complejas.

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