
En Guanajuato ya se instaló una frase cómoda: “bajaron los homicidios”. Y sí, existe un dato que se repite en conferencias y encabezados: el gabinete federal informó una reducción de 65% entre febrero de 2025 y enero de 2026, al pasar de 12.71 víctimas diarias a 4.45. 
Pero el mismo reporte añade: Guanajuato sigue como la entidad con más homicidios y también registra repuntes en delitos que pegan en la calle, como asalto a transeúntes (+18.5%) y robo a casa habitación con violencia (+30.8%). Ese “pero” cambia todo el significado político del “vamos bien”. 
El documento “Jornadas para la Reducción de la Violencia Homicida (2025). Síntesis analítica” (IBERO–Colmex–México Evalúa) explica por qué: el homicidio no vive solo, funciona como un nodo dentro de un entramado donde aparecen desapariciones, desplazamiento, reclutamiento y extorsión. Y advierte que celebrar una sola curva, puede ocultar el resto del sistema.
Claudio Lomnitz, profesor de la Universidad de Columbia, lo plantea con una idea simple para el lector común: medir delitos en gráficas no equivale a construir paz. La paz exige entender para qué se usa la violencia en cada economía ilegal: control territorial, cobro de rentas, disciplina social. 
Y aquí viene el punto que le pega directo a Guanajuato: el texto afirma que, cuando se interviene una modalidad sin cambiar las condiciones que la producen, la violencia se desplaza. Incluso menciona un ejemplo específico: en el estado, la recuperación de rutas ligadas al huachicol no eliminó la violencia, la redirigió hacia extorsión generalizada contra la población civil. 
De acuerdo con los expertos, eso es clave para entender el momento: bajar homicidios puede significar dos cosas opuestas. Uno: el Estado ganó capacidad. Dos: el crimen ya no necesita matar tanto para cobrar, porque la amenaza ya quedó sembrada.
Lomnitz lo dice sin rodeos: cuando hay mucha extorsión y poco homicidio, muchas veces ocurre porque la amenaza letal ya resulta creíble. 
La síntesis también abre otra grieta incómoda: los datos no siempre alcanzan. Advierte que evaluar seguridad con un solo indicador pierde validez si hay reclasificaciones, “anomalías” y desplazamientos entre categorías; en el peor escenario, eso se parece a manipulación deliberada. Por eso propone mirar varios indicadores juntos, no uno solo. 
Para Guanajuato, esa recomendación debería traducirse en una exigencia pública concreta: si el gobierno presume la baja de homicidios, entonces también debe publicar —con el mismo énfasis— tendencias de desaparición, extorsión, reclutamiento de adolescentes y robo con violencia, municipio por municipio, mes por mes, con metodología clara.
El documento agrega un tema que aquí debería encender alarmas: el reclutamiento.
Sofía Martínez Paz, de Reinserta (organización civil enfocada en niñez y sistema de justicia), mostró cómo el sistema puede decir “cero” reclutados porque no existe el tipo penal autónomo, aunque en los expedientes aparezcan narcomenudeo, homicidio o secuestro cometidos por adolescentes. Si no se registra, no se mide; si no se mide, no se vuelve prioridad. 
Y el golpe político más duro aparece en las “zonas grises” entre Estado y crimen. La síntesis cita una etnografía (Morales López) que documenta en Guanajuato participación directa o indirecta de policías municipales y estatales en el conflicto entre organizaciones criminales, y describe cómo la población identifica momentos donde fuerzas de seguridad se retiran minutos antes de un hecho violento. Esto, cierto o no en cada caso particular, debería obligar a una respuesta institucional medible, no a discursos. 
Entonces, ¿qué significa “bajaron los homicidios” en Guanajuato?
Significa, como mínimo, que el gobierno tiene la obligación de probar que no se trata de una paz aparente: que no bajó el termómetro mientras subió la fiebre por otro lado.
Si el poder quiere usar la cifra como bandera, la ciudadanía debe usarla como contrato: menos homicidios, sí; pero también menos extorsión, menos desaparecidos, menos reclutamiento y policías confiables. Si no, la estadística termina como propaganda y la paz como cuento.


