
Para millones de personas mayores en México, la vejez no representa descanso ni estabilidad. En lugar de tranquilidad, enfrentan precariedad. El tiempo no solo deja arrugas, también arrastra una larga serie de carencias: salud deteriorada, ingresos limitados y una red de apoyo cada vez más frágil.
Aunque el país ha avanzado en programas sociales, la realidad es contundente: una de cada cuatro personas de 65 años o más vive en pobreza, según el Inegi. Eso significa que más de tres millones enfrentan dificultades para costear alimentación, medicinas o servicios básicos. Y medio millón de ellos está en pobreza extrema, lidiando con al menos tres carencias sociales al mismo tiempo.

Para muchos, la pensión universal de 6,200 pesos bimestrales apenas sirve para sobrevivir. María Hernández, de 66 años, lo resume así: “Entre lo que gano limpiando casas y lo que me da el gobierno, no me alcanza ni para mis medicinas ni para alimentar a Lucho, mi perrito. Mi hijo no me ayuda, pero no por falta de ganas, es que tampoco puede”.
A la falta de recursos se suma la exclusión laboral. Más de 24 mil adultos mayores están desempleados y al menos 30% trabaja en la informalidad, sin seguridad social ni prestaciones. Aunque tienen experiencia, son sistemáticamente ignorados por empleadores que prefieren juventud antes que oficio.

El problema va más allá del presente. México envejece rápido. Hoy, las personas mayores representan el 12.8% de la población, y en cinco años, superarán en número a los niños menores de 14. Para 2070, se espera que uno de cada tres mexicanos sea adulto mayor.
A pesar de eso, la cultura laboral sigue empujándolos al margen. Un estudio de PageGroup reveló que el edadismo es la principal causa de discriminación en el empleo, con 38% de los trabajadores mayores enfrentando rechazo por su edad. Manpower confirma que pocas empresas apuestan por el talento senior, aun cuando estos perfiles suelen tener mayor compromiso y estabilidad.
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El Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores reconoce el rezago: muchos no tienen pensión, y los que sí, viven con lo justo. El trabajo se vuelve la única alternativa, incluso si el cuerpo ya no responde como antes.
Hoy, envejecer en México es un acto de resistencia. Para muchos, la esperanza no está en una jubilación cómoda, sino en seguir trabajando mientras el cuerpo aguante. Con o sin ayuda, hacen lo que pueden para sobrevivir en un país que aún no termina de mirar de frente a sus adultos mayores.



