
Nápoles no reclama un simple terreno. Reclama memoria, respeto y un espacio que el pueblo convirtió en altar, plaza y pertenencia.
La comunidad vive cerca de Puerto Interior, la zona con mayor desarrollo industrial y comercial que presume Silao ante inversionistas.
Pero esa cercanía no trajo justicia. Nápoles mira fábricas, tráileres, dinero y crecimiento, mientras carga rezago, carencias y olvido.
Ahí falta infraestructura, servicios dignos, atención real y una política pública que mire al pueblo, no sólo al negocio.
Este 4, 5 y 6 de julio, la Virgen del Refugio convoca una fiesta que sostiene la identidad comunitaria. Y conviven en un terreno que por al menos 8 décadas nadie reclamó.
Ese predio forma parte de esa memoria. Nadie necesita explicar su valor a quienes nacieron y crecieron alrededor. Decenas de vecinos lo testifican.
Durante décadas, los habitantes usaron ese espacio como propio, aunque ninguna autoridad les entregó certeza jurídica mediante escritura formal.
Ahí aparece la injusticia perfecta: el pueblo posee con historia, pero otro llega con papeles, abogados e intereses económicos.
Según vecinos, en el año 2000 alguien escrituró ese terreno bajo el apellido Zúñiga, familia con fuerte presencia territorial en la zona.
Los Zúñiga no representan cualquier apellido en Nápoles. Representan tierras, ventas, dinero, influencia y relaciones políticas que generan sospechas.

La venta de terrenos hacia empresas ligadas al desarrollo industrial cambió la fortuna de los Zúñiga y tuvo acceso a jerarquías gubernamentales.
Ahora Lázaro Zúñiga aparece mediante su abogado Ramón Cuauhtémoc Corona González para reclamar un predio cuya posesión social nunca ejerció.
Ese movimiento no llega solo. Llega con abogados, advertencias, presiones y una vieja escuela de intimidación contra vecinos.
Héctor Velázquez, el presidente del comité de la fiesta patronal de Nápoles, denunció presiones para abandonar la organización de los festejos.
Ese dato exhibe el método. Los Zúñiga no buscaron acuerdo con la comunidad; buscaron desactivar a quien ordena la fiesta.
Pero la fiesta patronal no pertenece a un particular, ni a un apellido poderoso, ni a un cálculo inmobiliario.
La fiesta pertenece al pueblo, porque el pueblo la paga, la organiza, la vive y la defiende año tras año.
Melanie Murillo, presidenta municipal de Silao, conoce el conflicto desde el 12 de mayo, cuando visitó la comunidad.
Ese día pidió ayuda para “suavizar el corazón” del supuesto propietario, frase amable, pero insuficiente ante un posible despojo.
Todos sabemos que no son necesarias las súplicas ante ricos influyentes. Se necesita autoridad, revisión jurídica, expedientes claros y una defensa seria del pueblo.
La administración de Melanie debe revisar quién escrituró, cómo acreditó posesión, qué autoridad intervino y qué omisiones permitieron este problema.
También lo debe hacer la Secretaría de Gobierno, sobre todo cuando se sabe la cercanía entre abogados de Zúñiga y el síndico de Silao, Álvaro Caballero.
Ese contexto importa. Álvaro Caballero fue secretario particular de Sergio Santibáñez, exdelegado del IMSS, muy cercano a esos abogados o al menos, a los Zúñiga.
Nadie afirma un acuerdo oculto sin pruebas. Pero tampoco conviene fingir inocencia cuando existen relaciones, rutas y antecedentes políticos.
En conflictos de tierra, la cercanía entre poder legal y poder municipal siempre merece vigilancia, distancia pública y explicación transparente.
Caballero debe mantenerse lejos de cualquier sombra que le afecte su fallida aspiración.
El Ayuntamiento también debe cerrar la puerta a favores, gestiones privadas y arreglos.
Y lo deben hacer porque Nápoles ya conoce ese guion: primero aparece el papel, después llega la presión y al final surge el negocio.
La Gobernadora debe entrar con lupa. No puede permitir que este expediente termine como compra inflada o indemnización simulada.
Los vecinos no quieren otro discurso. Quieren su terreno, su fiesta, su dignidad y una respuesta de fondo.
Melanie Murillo enfrenta una prueba seria. Si protege al pueblo, gana autoridad; si protege intereses, perderá confianza.
Por favor, que no termine en negocio.
Porque Nápoles ya vio demasiado dinero alrededor y muy poca justicia dentro.
Cuando una comunidad rezagada defiende su tierra común, no estorba al desarrollo: recuerda que el progreso también debe tener vergüenza.
