
El PAN organizó en Silao un proceso “democrático” para encontrar defensores de la patria, la familia y la libertad. Encontró también turistas electorales guindas.
La jornada dominical parecía una fiesta interna, pero la puerta quedó abierta para antiguos panistas que hoy caminan, sonríen y hacen política con Morena.
Quizá no sean morenistas oficialmente. Tal vez todavía guardan su credencial azul entre fotografías familiares. Sin embargo, públicamente siguen y respaldan proyectos políticos morenistas.
Por eso resulta curioso verlos regresar al comité panista, sacudirse momentáneamente el polvo guinda y participar como militantes ejemplares durante algunos minutos.
Entraron azules por derecho partidista, votaron según los intereses de sus nuevos grupos y salieron otra vez convertidos en simpatizantes del proyecto contrario.
Eso sí: todo ocurrió con democracia, libertad y una dirigencia aparentemente distraída. Tan distraída que habría confundido una operación política con una reunión familiar.
Las denuncias señalan al exdiputado Salvador Tovar y al regidor rebelde Alejandro Peña Gallo como responsables de movilizar antiguos militantes para influir en la contienda.
El objetivo, según esas inconformidades, consistía en fortalecer a Anabel Pulido, afectar a Melanie Murillo y demostrar quién conserva el control sobre las ruinas partidistas.
Ismael Zúñiga, dirigente municipal, informó que participó cerca del 50 por ciento del padrón. La cifra debería provocar entusiasmo, pero también bastantes preguntas incómodas.
Entre quienes acudieron habría alrededor de 150 personas movilizadas por aquellos grupos. Militantes en los registros panistas, aunque políticamente aparezcan del otro lado.
El comité no podía cerrarles la puerta porque nadie les ha retirado formalmente sus derechos. El padrón dice PAN, aunque sus pasos cotidianos digan Morena.
Ahí radica el verdadero escándalo. No necesariamente en quienes aprovecharon la rendija, sino en una dirigencia estatal que dejó abierta toda la ventana. Los dirigentes aseguran que existe otra lista con 16 posibles expulsiones. La mencionan, la presumen y hasta la juran, pero nunca terminan por mostrarla.
Esa lista parece un fantasma partidista: todos hablan de ella, algunos aseguran haberla visto, pero nadie consigue sentarla frente a los militantes.
Mientras llegan las expulsiones prometidas, los antiguos panistas pueden votar, operar contra aspirantes internos y regresar tranquilamente con sus actuales referentes políticos morenistas.
En ese escenario ocurrió el choque entre Melanie Murillo y Anabel Pulido. Pulido permanecía en la entrada para recibir personalmente a quienes llegaban al comité.
Melanie le reclamó aquella conducta y le pidió formarse, votar y retirarse. Anabel obedeció, emitió su voto y abandonó el lugar visiblemente molesta.
No faltó mucho para que los defensores de la patria necesitaran defenderse entre ellos. La familia azul mostró sus diferencias y la libertad subió de tono.
Las estimaciones internas anticipan 65 por ciento para Melanie, 30 para Anabel y el resto para aspirantes que aparentemente no movilizaron ni a sus parientes.
El PAN divulgará las cifras oficiales el 25 de septiembre. Hasta entonces, cada grupo contará sus votos, sus operadores y probablemente también sus morenistas prestados.
Melanie conservaría la ventaja pese a la movilización atribuida a sus adversarios. Si las proyecciones resultan correctas, el operativo guinda terminó haciendo mucho ruido y pocas nueces.
La lección política resulta deliciosa: el PAN buscó elegir defensores de su identidad, pero permitió que seguidores de Morena ayudaran a definir quién debe defenderla.
En Silao, la democracia panista ofreció una estampa inolvidable: morenistas quizá, panistas legalmente y operadores convenientemente. Todos votaron; la dirigencia siguió comiendo…moras.

