
Silao presumió una Feria como símbolo de modernidad y orgullo local; sin embargo, los números exhiben algo distinto: un espectáculo brillante y unas cuentas oscuras.
El gobierno destinó 38.9 millones para organizar la Feria, según documentos entregados a regidores. Esa cifra debería generar más que aplausos efímeros y selfies emocionadas.
Los ingresos, en cambio, apenas alcanzaron 10 millones por taquillas, rentas y actividades. Ningún ciudadano serio calificaría eso como éxito financiero o estrategia responsable.
A la empresa contratada le pagaron 38.1 millones, según la información oficial. La administración completó el resto porque el dinero recaudado no alcanzó.
El subsidio municipal ascendió a 19.5 millones para cuadrar la cuenta y evitar un colapso administrativo. La presidencia lo llamó apoyo; la realidad lo nombra pérdida.
La aritmética no miente: Silao gastó para divertir, pero no construyó un proyecto sostenible. La ganancia quedó en manos privadas y la factura recayó en contribuyentes.
La historia empeora con el terreno. Además del subsidio, la administración entregó un enganche de 30 millones por el predio del nuevo recinto ferial.
Ese terreno costará 80 millones en total, y el Ayuntamiento pagará el resto durante los próximos dos años. El entretenimiento salió carísimo para la ciudadanía.
Los defensores oficiales describen visión, legado y futuro turístico. Los papeles, en cambio, cuentan deudas, subsidios sin aval colegiado y un modelo financiero diseñado para perder.
Una lástima que sea un priista quien dé la cara en esto del comité de Feria: el síndico Álvaro Caballero, que ya se sumó a la larga fila de políticos de la decepción.
Silao compró fiesta y recibió deuda. Nadie cuestiona la diversión, pero muchos cuestionan la decisión. La gestión pública no puede convertirse en espectáculo voluntarista.
La feria emocionó al vecindario, pero vació la caja. El aplauso se apagó, los juegos se fueron y las cuentas quedaron sin alegría ni equilibrio.
Los regidores recibieron la información tarde, casi como espectadores incómodos que descubren la trama cuando ya no existe tiempo para corregir la historia.
El comité operó dentro de un círculo cerrado. El discurso oficial habló de transparencia; la práctica entregó cifras a cuentagotas y convocatorias de último minuto.
El regidor Bolaños levantó la voz, exigió claridad y recibió evasivas formales. La democracia municipal necesita voces incómodas, no asistentes silenciosos en fotos felices.
La administración celebra una derrama económica de 53 millones. Ese dato suena grande, pero no representa ingresos directos, sino estimaciones buenas para discursos festivos.
Mientras tanto, las colonias exigen calles dignas, luminarias, agua constante y seguridad real. La fiesta ocupó prioridades, pero la ciudad exige soluciones permanentes.
Silao merece proyectos inteligentes, no aventuras presupuestales disfrazadas de progreso. Las decisiones públicas deben rendir cuentas con cifras sólidas, no con globos y música.
La feria entretuvo al barrio, cierto. Sin embargo, una administración responsable no mide éxito con aplausos, sino con saldos, infraestructura y beneficios duraderos.
El entusiasmo oficial creó un circo administrativo que costó millones. Otra vez, el espectáculo brilló, y la realidad financiera quedó tirada detrás del escenario.
La pregunta queda viva: ¿queremos gobiernos que produzcan eventos o gobiernos que construyan ciudades? Silao tendrá que escoger antes de la próxima función masiva.
Y cuando las luces se apaguen, la ciudadanía recordará quién pagó la fiesta y quién sólo cobró el aplauso. La memoria política no perdona.


